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miércoles, mayo 09, 2007

Manotazo al Banco Central

Qué misterios se esconden al asignarle misiones “fiscales” a un banco central cuya misión esencial es mantener el valor de la moneda?. Para qué asignar responsabilidad fiscal a la autoridad monetaria?. Es razonable buscar objetivos monetarios y fiscales solo con instrumentos monetarios?. Lo único razonablemente evidente es la mala intencionalidad. Aquel proyecto reciente para cambiar la Carta Orgánica del Banco Central de la República Argentina (BCRA) anticipa, nada mas y nada menos, “un manejo discrecional de las reservas internacionales”. Tal instrumento legal permitirá a los gobiernos apoderarse de las reservas. Ese es el único motivo para cambiar la carta orgánica.

Se podrán bosquejar diversas explicaciones teóricas para fundamentar la política monetaria. La que a mi más me agrada es una perspectiva desde el álgebra lineal. Por un principio elemental del álgebra lineal, no discutido aquí, es bien evidente que al asignarle objetivos adicionales a la política monetaria se la conduce a un terreno de incompatibilidad, por el hecho de que un Banco Central no dispone de los instrumentos suficientes para alcanzar objetivos monetarios y fiscales simultáneamente. Esto se debe, entre otras cosas, a que los instrumentos monetarios se vuelven interdependientes entre sí al momento de determinar objetivos mixtos dando origen, en el margen, a un sistema linealmente dependiente (ld) e indeterminado.

Se recuerda que un sistema económico relevante desde el punto de vista de las medidas de política es un sistema ld determinado. Es decir un sistema que tiene al menos “un” grado de libertad (un instrumento de política para mover libremente) y que permita siempre alcanzar los objetivos políticos que se proponen. Es evidente que un sistema linealmente independiente (li) puede ser determinado pero no tiene grados de libertad en el sentido que fijados los objetivos de política siempre existe una única manera de combinar los instrumentos para alcanzarlos.

Bajo este contexto lo más razonable es que el Banco Central tenga “un” objetivo, y “un” instrumento. De este modo, por simple multiplicidad, el objetivo siempre será alcanzable con ese instrumento. Por ejemplo es bien sabido que el Banco Central de los Estados Unidos (La Reserva Federal) tiene como objetivo controlar la inflación o mantener el valor del dinero, y utiliza como instrumento la tasa de interés. Indicadores de empleo, nivel de actividad, crecimiento de la producción, inversiones, consumo, etc., son utilizados para ayudar a visualizar el posible camino de la inflación y, desde esa posición, intentar controlarla mediante la tasa de interés.

La Reserva Federal “no” fija objetivos de empleo “ni” de crecimiento de la economía. Solo observa el comportamiento de estas variables, y su vínculo con los precios, para tratar de inducir un desempeño futuro modificando, o no, en el presente la tasa de interés. La simpleza de este sistema lo vuelve accesible a todos los agentes económicos. Es decir, todas las personas pueden leer sin dificultad las acciones de la autoridad monetaria para luego actuar en consecuencia con esta decisión de política monetaria. No hay un vínculo explícito que esté asociando el lado monetario con el lado fiscal y/o real de la economía. El vínculo se da de manera automática por el soporte institucional que ofrece la Reserva Federal y sus decisiones.

Un sistema cuasi-automático de este tipo siguen otros Bancos Centrales como el de la Comunidad Económica Europea, y el de Japón. A ellos no les ha ido tan mal con este sistema. En Argentina, y en muchos países de Latinoamérica, no se ha entendido la importancia institucional de la autoridad monetaria. La institucionalidad es tan o mas importante que el mismo modelo utilizado. Cada gobierno nuevo que llega trata de introducir cambios en la Carta Orgánica del Banco Central. Esto anula la institucionalidad y, con ello, todo efecto positivo de un buen modelo para la política monetaria y económica del país. Sería bueno que dejemos de inventarle roles para un Banco Central, cuyo papel principal ya es bien conocido: velar por la salud de la moneda. Es recomendable que dejemos de manosear a nuestro Banco Central.

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